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Mi experiencia personal

En el año 1997 sufrí una luxación en la mandíbula (lado derecho) y como consecuencia de ello, la apertura bucal se quedó reducida a apenas 1 cm. No podía comer de forma normal, sólo líquidos y purés. A esto venía ligado una fuerte inflamación de los nervios que pasan por esta zona, entre ellos el nervio óptico, con dolores permanentes en cara, cuello, cabeza y fosas oculares.

Durante meses, me hicieron pruebas de todo tipo, escáner, radiografías, infiltraciones, etc., sin conseguir ningún resultado. Lo único que me mantenía sin dolor era la dosis diaria de analgésicos, antiinflamatorios y relajantes musculares que, por otro lado, me dejaban completamente sedada y me impedía seguir con mi vida normal.

Después de 8 meses mi estado general era caótico, no podía hacer frente a actividades tan normales como cuidar de mi hija, ir a trabajar o disfrutar de una reunión en familia. Mi sistema nervioso se vino abajo y cualquier cosa me alteraba, el nivel de estrés y ansiedad empezaban a hacer mella no sólo en mí, sino en mis relaciones de pareja y amistades.

La última respuesta que recibí por parte del cirujano maxilofacial era que, debido a la situación de la luxación y a la fuerza que estos huesos realizan, era imposible realizar una operación y si la realizaban, las garantías de éxito eran de apenas un 10 %. Por otro lado me avisó de que, posiblemente, este fuera el comienzo de alguna enfermedad rara degenerativa que iría avanzando hasta llegar a afectar a todas las articulaciones del cuerpo: rodillas, codos, cuellos, etc. Con este panorama, sólo me podía esperar a mis 23 años, pasarme todo el día sedada y esperar a que, algún día acabara en una silla de ruedas.

Bien, tengo que decir que me resigné, no luché. Mi estado de ánimo era tan bajo que no quería hacer nada, no deseaba que me marearan más con pruebas y conjeturas que no llevaban a ninguna parte. El dolor se hacía soportable a base de medicamentos que me anularon todo lo que yo era, mi empuje, mi personalidad, mi valentía...

Un familiar muy cercano con quien yo tenía mucho contacto vino de Madrid, después de un fin de semana en el que estuvo haciendo unos cursos de una técnica que aseguraba podía ayudar a las personas a eliminar dolores, enfermedades crónicas, etc. Ni siquiera le pregunté en qué se basaba, ni qué técnicas empleaba, tan sólo le dije: ¿Me va a doler?

Como la respuesta fue negativa, me presté a ello. Para ser sinceros, lo único que sentí fue mucha relajación, no paraba de suspirar, sentía que me faltaba el aire y necesitaba abrir mi pecho y dejar entrar todo ese aire que casi no me cabía en mis pulmones. Me llamó la atención el calor tan increíble que desprendían sus manos y la sensación de dejar de notar mi cuerpo.

Me marché a casa, quedando para el día siguiente recibir mi segunda sesión. A llegar la noche, mi dosis de pastillas, como siempre, pero me di cuenta de que no me dolía. Dudé en tomarme el analgésico y decidí no hacerlo. A la mañana siguiente tampoco necesité de pastillas para el dolor, tan solo el antiinflamatorio y el relajante muscular. Mi segunda sesión fue muy reveladora, noté como algo entraba dentro de mí, me llenaba de fuerzas y sentí la necesidad de aprender a hacerlo por mí misma. Lloré bastante durante la sesión, mi angustia atrasada empezó a salir y necesitaba expresarla, a pesar de haber llorado tanto durante todo el proceso de la enfermedad.

Esa noche, la segunda de tratamiento, mientras compartía con mi familia una cena empecé a reír, por primera vez en muchos meses y al hacerlo, mi boca se abrió. No me lo podía creer!! volví a cerrarla y ni me atrevía a volver a abrirla, por miedo a que todo hubiera sido una ilusión. Pero lo hice, fui poco a poco, probando hasta donde podía abrir y me di cuenta de que había recuperado casi por completo la apertura.

A la cuarta sesión, mi boca recuperó su apertura, los dolores desaparecieron y pensé que era el momento de recuperar mi vida. Acudí al especialista para que me dijera si estaba recuperada y para librarme definitivamente de la pesada carga de fármacos que me mantenían fuera de la vida normal. El scanner que me realizaron pasó por varios especialistas que, comparándolo con el realizado 6 meses antes, negaban que eso pudiera haber pasado. Pero pasó. Dejé las pastillas, fui poco a poco recuperando mi vida, mi personalidad, mis fuerzas y mi salud. Pude volver a comer de forma normal y estaba decidida a aprender esa técnica que tanto había hecho por mí.

Leí libros, busqué información y decidí que había llegado mi momento. Casualmente me hablaron de un maestro aquí en Málaga y fui a verle. Sentí que había empezado una nueva etapa en mi vida. Tras la iniciación ya no he sido la misma, ahora siento que cada segundo de mi vida es importante y aunque el proceso de aprendizaje ha sido y sigue siendo largo y en ocasiones duro, no me arrepiento de haber tomado este camino.

 


 

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